
-las ironías de la vida. a veces hay tanto silencio entre las cuatro paredes que me rodean y sin embargo parece ser que es una algarabía resultado de una de las tantas histerias colectivas que nos rodean. digo que es irónico porque pareciera no pasar nada por horas enteras y sin embargo nada está quieto en realidad, y sin embargo el movimiento es ni siquiera perceptible, es como si todo de repente se detuviera en un plano uniforme-
la taza de café se ha enfriado, es lo que suele ocurrir cuando la dejas por mucho tiempo tendida a un costado de la mesa sin prestarle la atención que se merece en tanto fue objeto de tu deseo -¿cuántas cosas más se enfrían por la misma razón, en otros contextos?- ni modo. con el café frío, los cigarros escasos y la maldita costumbre de cumplir órdenes, solo queda quedarse sentado, en la misma actividad iniciada horas antes, en una sensación de quietud inerte -me imagino que algo parecido pasa justo a la hora de la muerte- no es nada problemático el asunto en realidad -nunca lo es- es solo esperar la hora precisa para esfumarse -y mientras tanto tomarse de un solo trago el café y arrugar la cara y cagarte en la madre de todos los cafés fríos-
una vez llegada la hora, es momento de empezar el largo trayecto hacia alguna parte -casi siempre la misma- seguramente también se enfrió la comida -otra vez por estar perdiendo el tiempo entre el asfalto y las piernas de la tan cotidiana desconocida- luego, inevitablemente se llega al destino, se destapa el plato -frío en efecto y con muy mala apariencia- se traga -porque esto no se parece en nada a comer- se botan los restos -que en promedio siempre es casi todo lo servido- se corre al baño -a cagar o a disfrutar de los placeres de una taza olorosa a meado- y finalmente se espera la aparición capaz de romper la paz que da la repetición constante de los caminos -y viene gritando por la basura, el transporte de mierda, mi mala costumbre de no lavar el plato, de orinarme en todos lados menos en la puta taza del baño, y porque sí, por eso es lo que ella hace, es su silencio y su paz- entonces se baja el rostro, se le saluda con delicadeza, se asienta con la cabeza -eso es muy importante- se la observa entrar en el baño, se la observa salir y echarse en la cama -cual bulto de papas, si es que esos se echan en las camas- luego, con disciplina y humildad ocupamos el puesto a su lado -dos horas después me toca ocupar mi espacio encima de ella y luego de 5 minutos volver a la posición de inicio, esperar su mala cara, la contabilidad de los gastos de esta pocilga y su segunda ronda al baño, esta vez con las tetas caídas al aire, el bello en extensión infinita y los sobrantes de masa corporal moviéndose libremente por todo el espacio que ocupa- mientras tanto se guarda silencio religioso, luego llega, se acuesta, se duerme -y ronca, mucho, demasiado-.
amanece, viene el desayuno, los dientes -y ella con ese pelo arremolinado y la baba seca en su barbilla- se parte de retorno a las cuatro paredes, al café -otra vez el hijueputa se enfría y otra vez toca arrugar la cara-
-de verdad que hace mucho silencio a veces, no hay olores ni sabores ni formas, solo esa sombra aburrida que espera el momento en que levantes la cabeza para sonreírte y hacerte saber que como ella, estás preso e inevitablemente condenado a repetirte-
mientras tanto nadie te espera, pero no te importa mucho -y que me va a importar si todavía tengo el café frío, medio cigarro guardado como forma de escape y las piernas de la desconocida esa que segurito son visitadas por alguien más-
-las ironías de la vida. estoy jodido y sin embargo nada me parece tan malo-
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