me he aburrido de la política directa, entiéndase bien, no de hacerla, sino de escribirla. los panfletos funcionan para determinadas causas. ya es bastante extraño que se me ocurriese la extraña idea de sentarme frente a una computadora y contarle a quien quiera leer lo que sea que se me pasa por la cabeza. comencé con mi característico panfleto mental, pero como que me da la gana cambiarle el sabor y nombrar al blog con el nombre del cuarto maldito, del gloriosamente morboso escritor norteamericano, me obliga a, por lo menos intentar, romper con lo que hasta yo esperaría de mi. para colmo de males, lo coloco en una situación, muy común por demás en mi país, que le hubiera divertido mucho, por lo menos le hubiese parecido parte de su natural existencia, salvando el hecho de que no me imagino a Charles en este paisito, o más bien, no me imagino a este paisito en Charles.
me voy pues en la populosa ruta de la extraña capital de Nicaragua hacia alguna parada metafórica fuera de la normalidad, me cruzo con un hombre de cara dura, casi amargada, me manda a la mierda, me sonríe y me vuelve a mandar a la mierda, le toca el trasero, casi aburrido, a la primera que pasa, me da la espalda, recibe un golpe, luego otro y otro, cae pierde sus posesiones, se levanta, se sacude el traje, me sonríe, me manda a la mierda por tercera vez, se tira una pedo y dice que ´El culo es la cara del alma del sexo´, que no tiene nada que ver con lo que ha ocurrido pero que en su cabeza es más lógico que verse en medio del calor sofocante e inhumano de una ciudad que no conoce, que no lo conoce, en una 114 que va a quién sabe donde, donde le robaron todo y es observado por un completo desconocido, quien, a pesar de haber sido mandado a la mierda tres veces, no parece interesado en dejar de verlo. y yo, no digo nada, bajo la cabeza, lo mando a la mierda y bajo en la siguiente parada. lo veo seguir en la ruta, levanta su mano haciendo una seña que parece ser un saludo, sonríe y deja de verme. me deja sin explicaciones, sin ganas de buscarlas y sin ganas de darlas ahora, en este momento, en que pretendo contarles esta absurda historia que no lo es tanto si atendemos este sofocante calor y esta extraña ciudad en este casi irreal siglo.
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