el silencio es un gran enemigo. pero no es el peor de todos, el peor es la condescendencia.
ese acomodarse por bondad al gusto y voluntad de alguien, sin la emisión del menor criterio crítico que pueda enriquecer una postura. esa postura se convierte en un feo hábito que más temprano que tarde termina por dañar procesos.
la condescendencia tiene dos bases: el complejo de inferioridad y la mediocridad. por un lado, el condescendiente no se siente en la capacidad de situarse como igual. por el otro, su comodidad intelectual no lo lleva más allá.
este comportamiento termina por crear deformaciones estructurales en los procesos y convierte al "protegido" en ególatra y mediocre, igualmente.
confundir, dentro de la necesaria estructura que necesita todo proceso, el respeto a las jerarquías y la disciplina necesaria con la condescendencia es habituarnos a considerar cualquier proceso social, humano, como un dogma de fe, es creer que existe un todo absoluto imperfectible.
es el fin de todo proceso.
detengámonos a pensar un poco cuál es el deber ser en esta realidad que reclama un transformación. los "todopoderosos" son la negación de ese cambio y los condescendientes son oportunistas y, por tanto, contrarrevolucionarios.
un pequeña reflexión ante la necesidad de ver América más allá de los cantos de sirena, los discursos fáciles y la pereza por el cambio.
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